
He oído decir que la mediación se ha puesto de moda y ahora parece que todo hay que mediar en vez de denunciar. Pues sí… y no, rotundamente NO.
Hay dos estrategias de solventar conflictos que suenan parecido pero no son igual sino todo lo contrario: la gestión de conflictos y la resolución pacífica de conflictos.
En la línea de la gestión de conflictos se busca salir victorioso de una confrontación, sacar ventaja al contrincante (no necesariamente enemigo), jugársela al otro, quedar por encima. La estrategia militar, la guerra comercial, la especulación, la aniquilación del diferente, y un largo etcétera, que son la base de la polemología, un pensamiento ventajista y competitivo. En esta línea el conflicto se gana o se pierde pero –en verdad- nunca se resuelve ya que el conflicto mismo (la crisis) es ventajoso y lo es más para quienes menos escrúpulos tienen. En todo caso, un conflicto que deja vencidos, que hace morder el polvo, es ya la gestación del nuevo estallido de un o varios conflictos.
Para que una paz sea duradera, para que la solución de un conflicto sea sustentable, debe quedar conformidad entre las partes; se necesita pensar cooperativamente, no en vencedores y vencidos[1].
La línea pacifista, cooperativa o de resolución pacífica de conflictos, se centra en una estrategia llamada ganar-ganar mediante la cual se construye fraternidad, respeto a las diferencias y sinergias para alcanzar una meta: resolver un conflicto sin aplastar, sin humillar, educando en la convivencia cooperativa o de apoyo mutuo. La mediación es una herramienta de inapreciable valor ya que quien media conduce las formas y va subrayando los puntos de unión o coincidencia, los nexos que van a tejer la convivencia; la mediación atiende a las formas porque confía en que los bandos tienen suficiente inteligencia para cooperar en el fondo y se desempeña en educar esa colaboración. La mediación cooperativa levanta actas de todo acuerdo por mínimo que sea ya que es básico para fijar la colaboración.
Tampoco acaba con la solución concertada de un conflicto ya que esta línea se impone la revisión o monitoreo periódico del discurrir de los acuerdos en la certeza que toda solución modifica el tablero de juego y levanta problemas nuevos que hay que tratar. Así la resolución pacífica de conflictos es –junto con la justicia restaurativa– una forma de autogestión cooperativa, comunitaria, que empodera al colectivo (barrio, movimiento social, municipio, etc) es una vía a la participación efectiva.
Lo que hemos conocido desde antaño como mediación y arbitraje es otra cosa: El arbitraje arbitra. Impone, otorga a unos, sacrifica a otros, de una forma más o menos salomónica mientas que la mediación en esta vía es un proceso más “informal”, más rápido, más barato, una negociación a la baja de las posiciones o al menos de una: de aquella que cree que el arbitraje le caerá en contra. No es de extrañar que mediación y arbitraje tengan su lugar en las cámaras de comercio o en las magistraturas de trabajo. No hay reconciliación posible.
Otra forma perversa de “mediación” es la que se sugiere para evitar que el acoso se considere delito y por tanto se denuncie en lo penal o en tribunales laborales con consideración más grave. La mediación no debe conculcar los derechos de la víctima como no se puede mediar entre quien te quiere aniquilar y quien ha sufrido los estragos físicos y síquicos de un acoso prolongado.
Recordemos aquellos aciagos tiempos en que se perseguía a las mujeres víctimas de violación para que otorgaran el perdón y el violador o violadores que la vejaron se fueran de rositas. Hay que juzgar y condenar si es verdad que queremos acabar con la lacra del acoso laboral. Y no es cosa de broma: el acoso enferma y mata.
No, no todo va a ser mediar.
[1] Nuestro pueblo bien sabe de esto: no hubo paz y no la habrá sin superar los bandos de vencedores y vencidos
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